En el convulso entorno político español, la reacción del presidente Pedro Sánchez ante la ofensiva judicial contra su familia, apelando a que “el tiempo pone a cada uno en su lugar”, representa una postura impregnada de un pensamiento zen inapropiado para el marco estratégico y táctico en que se libra esta batalla política. Lejos de constituir una actitud sabia o prudente, el adoptar la pasividad reflexiva del zen frente a un lawfare claramente orquestado por algunos jueces, es un error grave con consecuencias potencialmente devastadoras para la democracia española.

El zen, con su énfasis en la atención plena, el desapego y la aceptación del momento presente, ofrece estrategias valiosas para la gestión del estrés personal o la resolución interna de conflictos. Sin embargo, estas enseñanzas profundamente individuales no se traducen eficientemente en la arena política, donde las dinámicas de poder son altamente agresivas y calculadas. En política, la espera pasiva puede significar perder la iniciativa, permitir que se arraiguen injusticias y dejar que el adversario gane terreno sin resistencia. No es un estado de serenidad prudente, sino una ingenuidad estratégica.
El lawfare, entendido como el uso estratégico de procesos judiciales para desestabilizar a adversarios políticos, está patente en España con la investigación y acusación sostenida contra la mujer y hermano del presidente Sánchez. Estos casos, buscan erosionar la legitimidad del gobierno electo de manera preventiva y mediática. La fiscalía, que ha solicitado archivos de algunos cargos por falta de pruebas, y las constantes maniobras de filtración a medios afines, revelan una dinámica política de acoso judicial que supera la lógica del procedimiento imparcial.
Ante este contexto hostil, la respuesta presidencial de confiar en que “el tiempo ponga a cada uno en su lugar” es insuficiente e incluso contraproducente. Este enfoque genera la falsa expectativa de que la justicia, en algún momento, corregirá de forma natural las injusticias y la arbitrariedad. Pero el lawfare no se basa en la justicia, sino en la guerra jurídica y política donde la presión mediática, el desgaste público y la incertidumbre juegan un papel tan importante como lo jurídico. Abandonar la defensa activa y estratégica implica resignarse a sufrir el desgaste de una opinión pública manipulada y un sistema judicial que no actúa con neutralidad.
Adoptar la pasividad zen frente al lawfare puede debilitar el respaldo al gobierno, aumentar la polarización social y dejar espacio para que las fuerzas políticas radicales se fortalezcan a costa de la democracia. La táctica de “esperar al tiempo” no solo ignora la realidad del conflicto político-jurídico sino que puede interpretar erróneamente la naturaleza del enemigo, quien no actúa conforme a principios de justicia, sino a intereses partidistas. Para proteger la democracia, es imprescindible una reacción firme, con estrategias legales robustas, comunicación política eficaz y movilización ciudadana que contrapese la ofensiva judicial.En tiempos donde la democracia española enfrenta accidentes de poder disfrazados de procesos legales, la adopción del zen como filosofía de enfrentamiento político es un lujo peligroso e ingenuo. La defensa del gobierno legítimo debe ser enérgica, clara y constante, conscientes de que la justicia puede ser un campo de batalla jurídico-político, y por tanto, requiere recursos, estrategia y compromiso para evitar la erosión del sistema democrático. El tiempo puede poner a cada uno en su lugar, sí; pero solo si quienes defienden la democracia no se resignan ni esperan pasivamente, sino actúan con determinación para preservar los valores y el orden constitucional.
Este texto se publicó en el diario CORDÓPOLIS el 28 de septiembre de 2025