DE LAS MINAS DEL DONBASS A LA MONCLOA: EL TRABAJO COMO RESPUESTA AL ODIO

En 1935, en una mina de carbón del Donbass, en la hoy golpeada Ucrania, un obrero llamado Alexéi Grigórievich Stajánov logró algo que parecía imposible: extrajo catorce veces más carbón del previsto para una jornada de trabajo. Su gesto, que pronto fue exaltado por la prensa soviética, dio origen al estajanovismo, un movimiento laboral que pretendía encarnar la fe en el esfuerzo colectivo y en la capacidad humana para superar cualquier adversidad.

Más allá de la propaganda, Stajánov simbolizaba un impulso profundamente humano: la convicción de que el trabajo, cuando se hace con entrega y propósito, puede convertirse en herramienta de cambio. En aquella Unión Soviética que luchaba por salir de la ruina y la guerra civil, el estajanovismo fue una llamada a reconstruir un país desde el sudor de su gente. Era, en esencia, un ideal de dignidad obrera.

Hoy, casi un siglo después, España no vive tiempos de carbón ni de colectivización, pero sí de una fatiga semejante: la del ruido permanente. El Gobierno de Pedro Sánchez afronta una oleada de ataques sin precedentes, donde la crispación ha desplazado al debate sereno y la política parece haberse reducido a una constante deslegitimación del otro. Se grita más de lo que se escucha, se acusa más de lo que se construye.

Frente a ese clima irrespirable, el estajanovismo puede ofrecer una enseñanza inesperada. No como modelo económico —ni mucho menos político—, sino como actitud cívica. Frente al odio, el trabajo. Frente al insulto, la perseverancia. Frente al ruido, la eficacia silenciosa. Es un recordatorio de que la respuesta más contundente al descrédito es hacer las cosas bien, seguir cumpliendo, seguir construyendo país.

El trabajo bien hecho como resistencia. Esa podría ser la traducción contemporánea del espíritu estajanovista. No se trata de idealizar la productividad, sino de reivindicar la constancia como energía moral. En un contexto donde parte de la oposición busca desgastar al Gobierno más que corregirlo, la labor diaria de quienes gestionan lo público —sanitarias, maestras, funcionarias, científicas— se convierte en la mejor respuesta política posible. Progresar frente al odio es, hoy, una forma de militancia.

Pedro Sánchez, que ha hecho de la resiliencia su rasgo más reconocible, encarna ese gesto estajanovista en clave democrática: resistir para seguir gobernando; gobernar para seguir transformando. No con soflamas, sino con hechos concretos. Seguir trabajando cuando lo fácil sería rendirse.

Por cada ataque mediático, una medida social. Por cada descalificación, una inversión pública. Por cada intento de desgaste, un paso más hacia la modernización del país. Esa es la paradoja: en un escenario saturado de ruido, el silencio laborioso puede ser una forma de liderazgo.

Quienes creen que la política es solo espectáculo olvidan que los cimientos de cualquier sociedad avanzada se construyen, todavía, con trabajo. Como en aquella mina del Donbass, en la hoy ensangrentada Ucrania, donde un hombre anónimo recordó al mundo que incluso en los tiempos más duros hay lugar para la superación. Aquella chispa, que un día encendió el orgullo de un país entero, puede ser hoy una brújula moral para una España que necesita más hechos y menos ruido.

Porque cuando las voces del enfrentamiento se apaguen, lo que quedará no serán los titulares ni las polémicas, sino el trabajo bien hecho. Ese que, sin alzar la voz, demuestra que la mejor forma de vencer la crispación no es gritar más fuerte, sino seguir construyendo juntos.

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LA ESPERANZA DE VIDA DE MORENO BONILLA

A lo largo de la historia, la política ha demostrado ser la herramienta más poderosa para cambiar la vida de las personas. Existen muchas formas de medir el éxito de un gobierno, pero pocas son tan claras y humanas como la esperanza de vida. Cuando las políticas públicas se diseñan y aplican con sensibilidad, escucha y rigor, la salud de la gente mejora. Se abren hospitales, los centros de salud cuentan con médicos y enfermeras suficientes y todos pueden acceder a tratamientos y medicamentos sin trabas ni demoras. Una sociedad que cuida su sanidad pública construye futuro y reduce las desigualdades. Por eso, cada punto ganado en la esperanza de vida es un triunfo colectivo, una muestra palpable de políticas bien hechas que ponen a las personas en el centro.

Desgraciadamente, en Andalucía estamos viviendo en los últimos años la cara oscura de la política mal orientada. Bajo el mandato de Juan Manuel Moreno Bonilla, se ha venido produciendo un deterioro significativo en el sistema sanitario público andaluz, y esto tiene consecuencias muy graves: la esperanza de vida de los andaluces se está viendo afectada, hasta el punto de situar a nuestra región entre las más castigadas de España.

Andalucía, con sus paisajes de luz, su gente cálida y su enorme diversidad, siempre ha luchado por avanzar, por alejarse de aquello que nos relegó en el pasado. Sin embargo, hoy volvemos a encabezar rankings indeseados. La tasa de mortalidad en Andalucía alcanza las 871,1 muertes por cada 100.000 habitantes, un 11,6% por encima de la media nacional. Detrás de estas cifras frías está la realidad dura de muchas familias: abuelos, padres, hijas y amigos que se apagan antes de tiempo.

La esperanza de vida en nuestra tierra se mantiene en 82,5 años, y expertos alertan que no es solo una ligera diferencia estadística con respecto a otras regiones. No es fruto del azar, ni se debe exclusivamente a factores externos. Todo responde al desgaste progresivo de nuestra sanidad pública. En estos últimos años, los centros de salud han sufrido una saturación sin precedentes. Los profesionales, desbordados y mal remunerados, no dan abasto. Largas listas de espera desesperan a quienes necesitan una consulta o un tratamiento. El material se queda obsoleto, las inversiones prometidas no llegan, y el personal sanitario migra a otras comunidades donde las condiciones laborales les permiten ejercer su vocación con dignidad.

Esta situación repercute especialmente en los sectores más vulnerables: las personas mayores y quienes luchan contra enfermedades crónicas como la diabetes o la EPOC. Para ellos, cada retraso en una cita puede marcar la diferencia. Quienes tienen recursos terminan acudiendo, resignados, a la sanidad privada. Pero quienes no pueden permitírselo, a menudo sufren en silencio, esperando una llamada que tarda en llegar. Muchas muertes que podrían evitarse, simplemente no lo son. Y detrás de cada número hay un rostro, una historia, una vida que se despide demasiado pronto.

Los datos lo confirman con crudeza: Andalucía supera la media estatal en cinco de las seis principales causas de muerte, como el cáncer, los infartos, los ictus, la insuficiencia cardiaca y el suicidio. Cuando los sistemas de prevención y atención temprana fallan, estas enfermedades golpean con más fuerza. No solo se acorta la vida, sino que también empeora la calidad de la última etapa de nuestros seres queridos.

Frente a este panorama, algunos discursos políticos tratan de desviar la atención, hablando de la influencia del cambio climático o la contaminación ambiental en la esperanza de vida. Es cierto que estos factores existen y deben preocuparnos. Pero lo que realmente marca la diferencia, lo que puede dar años de vida y esperanza a los andaluces, son unas políticas sanitarias robustas, bien financiadas y al servicio de todos.

Andalucía merece una sanidad pública fuerte, que no deje a nadie atrás. Necesitamos volver a creer que la buena política sí puede salvar vidas. Cada día perdido es una oportunidad menos para cambiar el rumbo. No podemos resignarnos ni aceptar como inevitable la pérdida de esperanza de vida. Porque defender la vida, en el fondo, es defender nuestra dignidad como sociedad. Andalucía tiene derecho a vivir más y mejor.

Este artículo se publicó en el diario digital INFOLIBRE el 7 de agosto de 2025

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CUALQUIER TIEMPO PASADO FUE MEJOR: UNA ILUSIÓN NOSTÁLGICA

La frase popular «cualquier pasado fue mejor» es, en muchas ocasiones, una expresión nostálgica que idealiza épocas anteriores, ignorando los desafíos y problemas que también las caracterizaron. Esta idea no solo es producto del desconocimiento y la ignorancia, sino también del olvido selectivo que tiende a resaltar lo positivo mientras se minimiza o se omite lo negativo. En el caso de la historia reciente de España, esta afirmación resulta particularmente engañosa, ya que el país ha experimentado avances significativos en diversos ámbitos, a pesar de los nuevos desafíos que enfrenta.

Tomemos, por ejemplo, la España de la posguerra y la dictadura franquista (1939-1975). Aunque algunos puedan recordar esa época con cierta nostalgia, lo cierto es que fue un período marcado por la represión política, la censura, la falta de libertades fundamentales y una economía precaria. La autarquía económica del régimen sumió al país en un estancamiento que lo alejó de las dinámicas de crecimiento de Europa occidental. La sociedad española vivía bajo un control férreo, donde cualquier disidencia era perseguida y las mujeres, por ejemplo, tenían derechos limitados y estaban relegadas a un papel secundario en la esfera pública. ¿Era realmente mejor ese pasado?.

La transición a la democracia en los años 70 y la consolidación del Estado de bienestar en las décadas siguientes trajeron consigo avances significativos. La Constitución de 1978 estableció un marco de derechos y libertades que permitió a España integrarse en la comunidad internacional y modernizar sus estructuras políticas y sociales. Durante los años 80 y 90 del siglo pasado, el país experimentó un crecimiento económico notable, una expansión del acceso a la educación y la sanidad pública, y una mejora general en la calidad de vida. Sin embargo, incluso en esos años de progreso, hubo problemas graves, como el desempleo crónico, la corrupción política y el terrorismo, que dejó una profunda huella de dolor y división.

En el siglo XXI, España ha seguido enfrentando desafíos, como la crisis económica de 2008 y la de la COVID-19, que tuvieron un impacto devastador en el empleo y el bienestar social. Sin embargo, también ha habido avances significativos en materia de derechos civiles, como la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo en 2005, un hito que situó al país a la vanguardia en la defensa de los derechos LGTBIQ+. Asimismo, la lucha por la igualdad de género ha ganado fuerza, con movimientos como el #MeToo y las masivas manifestaciones del 8 de marzo, que reflejan una mayor conciencia social sobre la necesidad de combatir la violencia machista y promover la equidad.

Es cierto que la realidad actual presenta nuevos elementos perturbadores, como el aumento de los populismos y la ultraderecha, la crisis climática o los efectos de la globalización. Sin embargo, muchos de estos problemas no son nuevos, sino que han adquirido una visibilidad mayor gracias a la democratización de la información y a una sociedad más consciente de sus derechos. Por ejemplo, la corrupción política no es un fenómeno reciente, pero hoy se denuncia y se investiga con más rigor que en el pasado.

En conclusión, la idea de que «cualquier pasado fue mejor» es una simplificación que ignora los logros alcanzados y los problemas superados. La nostalgia por un pasado idealizado es comprensible, pero peligrosa. La historia reciente de España demuestra que, a pesar de los desafíos actuales, ha habido avances significativos en materia de derechos, libertades y calidad de vida. La democracia, los derechos sociales y las oportunidades que disfrutamos hoy son el resultado de un esfuerzo colectivo por superar las sombras del ayer. 

Idealizar el pasado no solo es injusto, sino que nos impide reconocer y valorar los progresos alcanzados y trabajar para enfrentar los retos del presente con una perspectiva más crítica y constructiva. Mirar hacia atrás con ojos críticos, nos permite valorar lo que hemos logrado y seguir trabajando por un futuro mejor.

Este artículo fue publicado en el diario digital CORDOPOLIS el 7 de febrero de 2025

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LA POLÍTICA BUENA QUE CAMBIA VIDAS

Hay días en los que parece que la vida cuesta más, sobre todo si eres una persona trabajadora que se deja la piel para llegar a fin de mes, un abuelo que espera la pensión para ayudar a su familia, una mujer que lucha cada día para que la igualen en derechos, un joven que busca su primer empleo o una persona inmigrante que quiere vivir dignamente aunque no tenga papeles. Esta historia va de ellos, va de ti, de tu vecina, tu madre, tus hijos. Va de cómo la política, hecha con corazón y compromiso, puede cambiar de verdad la vida de la gente.

Hace unos años, muchos en España ni soñaban con cobrar un sueldo que les permitiera respirar tranquilos. Pero el salario mínimo ha subido un 61% desde 2018. Eso no es un dato técnico: es la diferencia entre llenar la nevera toda la semana o apretar el cinturón. Gran parte de quienes más notan esa subida son mujeres y jóvenes, tantos de ellos atrapados en trabajos precarios e inestables. Ahora, millones disfrutan de contratos más seguros y su futuro es un poco menos incierto.

Durante la peor época de la pandemia, se puso a prueba el pulso social del país. El miedo era general: trabajos perdidos, familias enteras temblando por si no llegaban a la próxima factura. En ese momento, la política social respondió con los ERTE, unos mecanismos que evitaron desgracias mayores y protegieron a los más vulnerables. Fue la diferencia entre perderlo todo y poder seguir adelante, con la esperanza intacta, especialmente para la clase trabajadora, pero también muchos inmigrantes regularizados al fin por su aportación esencial.

Nuestros mayores, los abuelos y abuelas que han levantado este país, saben bien lo que es pasar penurias. Las pensiones, por fin, dejaron de estar congeladas: ahora suben cuando sube la vida, poniendo a la gente mayor en el centro, reconociendo su dignidad y su derecho a no tener miedo al futuro. La “hucha” de las pensiones, esa garantía que tanto preocupaba a quienes ya no pueden trabajar, volvió a crecer, protegiendo el esfuerzo de toda una vida.

Y los jóvenes, a menudo víctimas de un paro cruel y de la falta de oportunidades, han podido acceder a más becas que nunca, escuelas gratuitas desde los dos años y ayudas para que nadie se quede al margen del futuro. Ya no es solo soñar: es tener herramientas para luchar por una vida mejor.

No hay justicia real sin igualdad, y en esto, la política también ha dado un paso al frente. Se han equiparado los permisos de paternidad y maternidad, la brecha salarial entre hombres y mujeres empieza a cerrarse y, nunca antes, tantas mujeres estuvieron al mando de las decisiones del país. Para quienes han sentido el peso de la discriminación, cada avance es más que un titular; es un reconocimiento, es un abrazo colectivo.

Y qué decir de quienes han tenido que buscar una vida mejor lejos de su tierra, cruzando mares y fronteras con el miedo a no ser nunca aceptados. Para los inmigrantes, se han facilitado procesos de regularización y se ha apostado por el respeto y la convivencia. Porque, aunque aún queda camino, la política buena es la que mira de frente a quienes más necesitan una oportunidad.

Hay historias que no aparecen en los periódicos: la panadera que respira aliviada porque por fin puede pagar el alquiler, el abuelo que accede a su medicina tranquilo, la joven que firma su primer contrato indefinido, la madre que no teme perder su empleo por ser madre. Son historias reales, son tu historia.

La buena política es la que se siente en la calle, en la mesa de la cocina, en el abrazo de un nieto, en la ilusión de un inmigrante recién regularizado, en la mirada de una mujer que, por fin, no tiene que pedir permiso para llegar lejos. Es una política que escucha a la gente, que cura heridas y que construye futuro. Y eso, aquí y ahora, sigue siendo posible.

Este texto se publicó en CORDÓPOLIS el 25 de agosto de 2025

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¿TODOS SOMOS CLASE MEDIA? CÓMO LA NEGACIÓN OBRERA ABRE PASO AL DISCURSO ULTRA

En 2011, el periodista británico Owen Jones publicó “Chavs: la demonización de la clase obrera”, un análisis social que sacudió conciencias en el Reino Unido y más allá. Jones observó cómo en la Inglaterra contemporánea, la clase trabajadora había pasado de ser “la sal de la tierra” a convertirse en un blanco recurrente de desprecio, estereotipos y broma fácil. El término “chav” se popularizó para tildar de ignorantes, conflictivos e indignos a jóvenes de extracción obrera, reforzado por los medios, la política y la cultura popular.

Jones identificó tres grandes momentos en este proceso: el asalto neoliberal de Margaret Thatcher en los años 80, que desmanteló sindicatos y sectores industriales; la expansión del discurso meritocrático por parte del Nuevo Laborismo de Tony Blair, que diluyó toda referencia explícita a la clase y abrazó la idea de una sociedad “de clase media”; y el crecimiento de una narrativa donde el fracaso económico se achaca a defectos individuales antes que a consecuencias estructurales.

Ejemplos como la estigmatización mediática de los barrios obreros o el linchamiento público de figuras televisivas procedentes de esos entornos demuestran hasta qué punto el desprecio se ha normalizado y justificado.

Para Jones, este fenómeno no era sólo cultural, sino también político: deslegitima toda alternativa colectiva y allana el camino para que la extrema derecha seduzca a quienes sienten que nadie les escucha.

ESPAÑA: EL ESPEJISMO DE LA CLASE MEDIA Y EL AVANCE DE LA ULTRADERECHA

Aunque el caso británico tiene sus singularidades, en España muchos de estos mecanismos reflejados por Jones son perfectamente reconocibles. 

La demonización de la clase obrera en los medios, las bromas sobre los “chonis” y “canis”, la ridiculización de la cultura de barrio o la criminalización sindical son síntomas de cómo la sociedad española ha renegado progresivamente de sus raíces de clase. 

Algunos políticos y medios han extendido la idea de que “todos somos clase media”, invisibilizando desigualdades y achacando la precariedad al fracaso individual. Así, los jóvenes y adultos de origen humilde se distancian de cualquier identidad obrera, mientras los problemas estructurales —el empleo precario, la exclusión social o el estancamiento salarial— se trivializan o transforman en espectáculo.

Esta narrativa ha creado, además, un vacío peligroso: cuando la izquierda evita nombrar la desigualdad y abandona el discurso de clase, deja en bandeja a la extrema derecha el papel de “voz del pueblo”

VOX y otras fuerzas ultras han explotado ese resentimiento, presentándose como los auténticos defensores de la dignidad popular, aunque sus verdaderos intereses sean ajenos a la justicia social. 

La consecuencia es que sectores marginados, indignados por la falta de alternativas, encuentran en el neofascismo respuestas y pertenencia, mientras la izquierda se queda en la retaguardia del relato.

ESPERANZA Y RECONSTRUCCIÓN: UN HORIZONTE POSIBLE

No todo está perdido. El pensamiento de Owen Jones, lejos de caer en el pesimismo, invita a la acción colectiva y a la recuperación de la legítima dignidad obrera. 

Propuestas como reivindicar el sindicalismo, fortalecer organizaciones vecinales y comunidades, y devolver a la agenda política el reconocimiento de la desigualdad estructural son vías para restablecer el vínculo perdido.

Los medios deben abandonar la caricatura y mostrar la riqueza y diversidad de la vida popular; las instituciones educativas y culturales pueden poner en valor la historia y los logros colectivos de la clase trabajadora.

Sobre todo, la izquierda tiene la oportunidad de rectificar su deriva elitista: escuchar de nuevo a quienes sufren el paro, la precariedad o la vivienda inasequible, ofrecer proyectos materiales y emocionales inclusivos, y construir una narrativa donde la solidaridad, la igualdad y la acción colectiva sean valores irrenunciables. 

Si algo enseña Jones, es que la lucha de clases —lejos de ser una reliquia— sigue latiendo en las plazas, barrios y fábricas. Basta con devolverle su protagonismo, ponerle cara y voz, y romper el cerco del olvido y el prejuicio.

La esperanza reside en la reconstrucción de la confianza, la solidaridad y el orgullo popular. No es sólo deseable: es imprescindible para que España no sucumba a la fragmentación, al resentimiento y al avance del neofascismo. El futuro pertenece a quienes no olvidan, ni permiten que otros lo hagan.

Este artículo se publicó en INFOLIBRE el 16 de septiembre de 2025

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LA CÓRDOBA CATETA Y FERNANDO III

La iniciativa del Ayuntamiento de Córdoba para encargar un grupo escultórico dedicado a Fernando III revela, una vez más, esa mezcla de provincianismo y falta de imaginación que tan a menudo caracteriza las decisiones institucionales en la ciudad. No es solo una estatua más, sino el síntoma de una Córdoba aferrada al cliché, ansiosa por agradar a los sectores más conservadores y, especialmente en los últimos tiempos, preocupada por seguir la estela que marca VOX, en aras de mantener al PP cómodo y sin sobresaltos internos.

El fantasma del “santo” que nunca lo fue

Fernando III de Castilla, el monarca que conquistó Qurtuba en 1236, parece destinado a protagonizar la enésima operación de homenaje local envuelta en mitología y tópicos sevillanos. La realidad histórica, que rara vez interesa a quienes manda levantar esculturas, es bien distinta. Por mucho que las autoridades y fieles sevillanos lo veneren como patrón y “santo rey”, lo cierto es que Fernando III nunca fue canonizado. Ni fue ni es santo, pese a los fastos y procesiones del siglo XVII que, más por consenso teatral que por decisión papal, consolidaron ese culto inmemorial en Sevilla y sus dominios.

La confusión se remonta a 1671, cuando Clemente X extendió la autorización de culto, pero sin llegar nunca a decretar la canonización. Por mucho que la propaganda local exhiba liturgias, toros y autos sacramentales, Fernando III quedó fuera del santoral oficial. No figura en el calendario litúrgico universal y cualquier repaso a la historiografía seria confirma que su condición de santo es una construcción, alimentada por el deseo de la monarquía y el impulso del arzobispado en tiempos de Felipe IV.

El mimetismo político y la Córdoba de siempre

Encargar una escultura a Fernando III retrata a la Córdoba oficial tal como es: necesitada de referencias “grandes”, aunque sean impostadas, y siempre dispuesta a imitar a Sevilla. El trasfondo político es aún más transparente. Lo que en apariencia parece una reivindicación del pasado cordobés es, en realidad, una maniobra orquestada para mantener el clima de entendimiento entre PP y VOX. Los gestos simbólicos, convenientemente recubiertos de nostalgia y “identidad”, sirven sobre todo para señalar obediencia y afinidad ideológica, y para evitar cualquier roce con los adalides de la España revisionista que han hecho de Fernando III su bandera.

La Córdoba “cateta”, como la definió más de uno en círculos menos complacientes, se vuelve de nuevo al espejo sevillano, reproduce el culto ajeno y olvida las verdaderas complejidades de su propia historia. Creer que el santo patrón de Sevilla, nunca canonizado, puede ser convertido en icono cordobés mediante un grupo escultórico es repetir la misma fórmula de provincianismo cutre que lleva años anestesiando el debate cultural y social de la ciudad.

¿Qué nos dice realmente esta iniciativa?

Más allá del mármol y el bronce, el encargo sobre Fernando III es un síntoma: Córdoba sigue mirando de reojo a Sevilla y se va a remolque de sus mitos, adaptando unos relatos que ni le pertenecen ni le favorecen, mientras el PP local, preocupado por mantener contentos a los aliados de VOX, legitima la ceremonia de la confusión. Mientras tanto, la realidad persiste: Fernando III, ese “santo” de cartón piedra, nunca existió, más allá de la ficción levantada por el oportunismo y el seguidismo. Pero, por lo visto, en Córdoba algunos prefieren seguir alimentando las leyendas ajenas, aunque el precio sea eternizar el perfil más cateto y sumiso de la ciudad.

Este texto se publicó en CORDÓPOLIS el 12 de septiembre de 2025

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SER DE IZQUIERDAS EN EL SIGLO XXI

Ser de izquierdas en el siglo XXI implica una transformación profunda y multifacética que va mucho más allá de las tradicionales luchas por la justicia social y la igualdad económica. En la actualidad, la izquierda debe enfrentar un mundo en constante cambio donde las desigualdades no solo responden a diferencias de clase, sino que se manifiestan también en cuestiones de género, raza, medio ambiente y acceso a derechos fundamentales.

La izquierda contemporánea reconoce que la lucha por la justicia social debe incluir todas las formas de exclusión y discriminación. El compromiso ya no se limita a mejorar la situación laboral o económica; debe abarcar también la defensa de los derechos de las mujeres, de las comunidades racializadas, y la protección del planeta. Estas reivindicaciones están interconectadas y deben abordarse de manera conjunta para generar una transformación real y duradera.

El capitalismo actual, influido por la globalización, la concentración del poder corporativo y la digitalización, ha cambiado la manera en que las personas viven y se relacionan con el sistema económico. Hoy, la identidad de las personas no se restringe a su situación laboral: también involucra su acceso a servicios financieros, a créditos, y la forma en que son percibidas social y económicamente. Comprender estas nuevas realidades es esencial para que la izquierda pueda ofrecer alternativas que realmente cuestionen el poder y las desigualdades vigentes.

En el mundo de hoy, la izquierda debe enfrentarse a un fuerte resurgimiento de discursos y movimientos que buscan reafirmar privilegios antiguos y fomentan divisiones sociales. Los populismos de derecha, que a menudo se basan en el miedo, la exclusión y la búsqueda de chivos expiatorios, representan un desafío relevante para quienes defienden la igualdad y los derechos humanos. La izquierda debe mantener una postura firme frente a estas fuerzas, defendiendo con convicción la diversidad, la inclusión y la justicia.

Ser de izquierdas implica estar siempre atento a cualquier forma de injusticia, y al mismo tiempo mantener una actitud positiva hacia el cambio posible. Esto requiere valentía para enfrentar tensiones internas y obstáculos externos sin abandonar ideales ni visiones de futuro. La izquierda moderna se define por la capacidad de adaptarse, de generar nuevos espacios de participación y de abrirse a nuevas luchas, sin perder el horizonte de construir un mundo más justo.

Más allá de resistir, la izquierda debe ser creadora de nuevas formas de organizar la sociedad, basadas en el respeto mutuo, la solidaridad, la igualdad y la inclusión. Esto implica fomentar un debate abierto, escuchar todas las voces e impulsar transformaciones que mejoren la vida de las personas en lo cotidiano y en lo estructural. La fuerza de la izquierda radica en convertir la indignación por la injusticia en acción concreta y sostenida.

El presente muestra un escenario político complejo, con tensiones crecientes y avances de la derecha radical en diversos países. Sin embargo, la izquierda sigue siendo imprescindible para afrontar los grandes desafíos globales, como la crisis climática y las desigualdades crecientes. Su éxito dependerá de su capacidad para renovarse, construir alianzas diversas y mantenerse firme en la defensa de los derechos humanos, la dignidad y la justicia social, sin perder nunca la voluntad de transformar la realidad.

Este texto se publicó en el diario INFOLIBRE el 11 de octubre de 2025

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NO SIEMPRE EL TIEMPO PONE A CADA UNO EN SU LUGAR

En el convulso entorno político español, la reacción del presidente Pedro Sánchez ante la ofensiva judicial contra su familia, apelando a que “el tiempo pone a cada uno en su lugar”, representa una postura impregnada de un pensamiento zen inapropiado para el marco estratégico y táctico en que se libra esta batalla política. Lejos de constituir una actitud sabia o prudente, el adoptar la pasividad reflexiva del zen frente a un lawfare claramente orquestado por algunos jueces, es un error grave con consecuencias potencialmente devastadoras para la democracia española.

El zen, con su énfasis en la atención plena, el desapego y la aceptación del momento presente, ofrece estrategias valiosas para la gestión del estrés personal o la resolución interna de conflictos. Sin embargo, estas enseñanzas profundamente individuales no se traducen eficientemente en la arena política, donde las dinámicas de poder son altamente agresivas y calculadas. En política, la espera pasiva puede significar perder la iniciativa, permitir que se arraiguen injusticias y dejar que el adversario gane terreno sin resistencia. No es un estado de serenidad prudente, sino una ingenuidad estratégica.

El lawfare, entendido como el uso estratégico de procesos judiciales para desestabilizar a adversarios políticos, está patente en España con la investigación y acusación sostenida contra la mujer y hermano del presidente Sánchez. Estos casos, buscan erosionar la legitimidad del gobierno electo de manera preventiva y mediática. La fiscalía, que ha solicitado archivos de algunos cargos por falta de pruebas, y las constantes maniobras de filtración a medios afines, revelan una dinámica política de acoso judicial que supera la lógica del procedimiento imparcial.

Ante este contexto hostil, la respuesta presidencial de confiar en que “el tiempo ponga a cada uno en su lugar” es insuficiente e incluso contraproducente. Este enfoque genera la falsa expectativa de que la justicia, en algún momento, corregirá de forma natural las injusticias y la arbitrariedad. Pero el lawfare no se basa en la justicia, sino en la guerra jurídica y política donde la presión mediática, el desgaste público y la incertidumbre juegan un papel tan importante como lo jurídico. Abandonar la defensa activa y estratégica implica resignarse a sufrir el desgaste de una opinión pública manipulada y un sistema judicial que no actúa con neutralidad.

Adoptar la pasividad zen frente al lawfare puede debilitar el respaldo al gobierno, aumentar la polarización social y dejar espacio para que las fuerzas políticas radicales se fortalezcan a costa de la democracia. La táctica de “esperar al tiempo” no solo ignora la realidad del conflicto político-jurídico sino que puede interpretar erróneamente la naturaleza del enemigo, quien no actúa conforme a principios de justicia, sino a intereses partidistas. Para proteger la democracia, es imprescindible una reacción firme, con estrategias legales robustas, comunicación política eficaz y movilización ciudadana que contrapese la ofensiva judicial.En tiempos donde la democracia española enfrenta accidentes de poder disfrazados de procesos legales, la adopción del zen como filosofía de enfrentamiento político es un lujo peligroso e ingenuo. La defensa del gobierno legítimo debe ser enérgica, clara y constante, conscientes de que la justicia puede ser un campo de batalla jurídico-político, y por tanto, requiere recursos, estrategia y compromiso para evitar la erosión del sistema democrático. El tiempo puede poner a cada uno en su lugar, sí; pero solo si quienes defienden la democracia no se resignan ni esperan pasivamente, sino actúan con determinación para preservar los valores y el orden constitucional.

Este texto se publicó en el diario CORDÓPOLIS el 28 de septiembre de 2025

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EL COLAPSO SANITARIO QUE MORENO BONILLA YA NO PUEDE OCULTAR

La crisis del programa andaluz de detección precoz del cáncer de mama no ha surgido de la nada. No es fruto de un error técnico ni de un descuido administrativo. Es la consecuencia directa de siete años de políticas que han debilitado deliberadamente los cimientos de la sanidad pública andaluza. Lo que se está viviendo hoy —colapsos en las unidades, retrasos en las citaciones y una caída en la confianza de las pacientes— no es más que el desenlace lógico de una estrategia que priorizó los recortes y la gestión externalizada por encima de la prevención y la vida.

Durante más de dos décadas, el programa de cribado de cáncer de mama había sido un motivo de orgullo colectivo. Un símbolo de cómo la sanidad pública podía cuidar de su gente con eficacia, sensibilidad y justicia. Cada cita en una mamografía era una promesa cumplida: la de que la salud de las mujeres no dependía del dinero que tuvieran en la cuenta, sino del compromiso de una comunidad con su bienestar. Ese espíritu es el que se ha ido diluyendo lentamente entre contratos temporales, ratios imposibles y hospitales que se ven obligados a hacer más con menos.

Hoy, los datos empiezan a mostrar el daño: menos mujeres llamadas, más demoras en las pruebas, más diagnósticos tardíos. Pero detrás de cada cifra hay historias reales, nombres, familias, miedos. Está la mujer que lleva meses esperando una llamada que no llega. Está la enfermera que encadena turnos dobles para cubrir a sus compañeras. Está la médica que, a pesar del agotamiento, sigue empujando para que el sistema no se derrumbe del todo. Son ellas las que sostienen con esfuerzo lo que la política del Partido Popular está dejando caer.

El discurso oficial lo maquilla. Hablan de “ajustes”, de “nuevos modelos de gestión”, de “eficiencia”. Pero en la práctica, esas palabras son eufemismos para esconder un vaciamiento premeditado. La eficiencia no consiste en ahorrar a costa de retrasar diagnósticos, ni en medir resultados sin entender sufrimientos. Si una mujer recibe su mamografía con meses de retraso y el cáncer avanza, ¿de qué sirve la eficiencia? Si el sistema se sostiene gracias al sacrificio de profesionales agotadas, ¿qué clase de modernización es esa?.

La desatención no es sólo un fallo sanitario: es un atentado moral. Porque estamos hablando de un programa que salva vidas, que reduce la mortalidad y que ofrece esperanza. Dejarlo caer no es un error técnico: es una decisión política. Y toda decisión política tiene responsables con nombres y apellidos.

El Gobierno de Moreno Bonilla ha insistido en que el sistema funciona, en que los recursos son suficientes. Pero cada centro de salud saturado, cada mujer olvidada en la lista de espera, desmiente ese relato complaciente. No hay excusa que justifique que una política pública esencial, construida durante años con el esfuerzo de miles de profesionales, se degrade bajo la indiferencia gubernamental.

Andalucía necesita una sanidad que cuide, no una que justifique su abandono con discursos tecnocráticos. Necesita volver a colocar la prevención en el centro, reforzar las plantillas, dignificar los contratos y escuchar a quienes advierten desde dentro que el sistema se resquebraja. Las trabajadoras sanitarias no piden milagros: piden medios, respeto y estabilidad. Y las mujeres andaluzas no piden privilegios: piden que se respete su derecho a la detección temprana, a vivir.

No hay nada más profundamente político que decidir a quién se cuida y a quién se deja esperando. Por eso defender el programa de detección precoz del cáncer de mama no es solo una lucha por un servicio concreto: es una defensa del sentido mismo de la sanidad pública. Es decir “no” al abandono, “no” a la precariedad, y “sí” a una política que mire a las personas y no a los balances.

La salud de las mujeres no puede depender del azar, ni de la retórica de quienes se esconden tras cifras maquilladas. Cada demora, cada silencio, cada mamografía perdida, es una grieta en la confianza de toda una sociedad. Andalucía no merece vivir con miedo a enfermar, ni ver cómo se destruye, sin ruido, una de las conquistas más humanas de su historia reciente. Toca recuperarla. Toca levantar la voz. Porque la sanidad pública no se defiende sola: la defienden quienes no se resignan a verla morir.

Este texto se publicó en el diario INFOLIBRE el 18 de octubre de 2025

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LA REBELIÓN DE LOS PALURDOS

Se estrenó en 2008. El título de la película es THE READER (El lector). Está protagonizada por Ralph Fiennes, David Kross y Kate Winslet y dirigida por Stephen Daldry. El guion es una adaptación de David Hare, de la galardonada novela homónima de Bernhard Schlink. Su protagonista femenina, Kate Winslet, consiguió un Óscar, un BAFTA y un Globo de Oro, entre otros premios. La otra noche, la echaron en La 2.

Como sucede con las películas interesantes, hay diversas formas de aproximación. En una de ellas nos muestra la historia de Michael Berg, un muchacho adolescente en la Alemania de la segunda postguerra, cuyo despertar sexual se produce con el apasionado idilio que mantiene con una misteriosa mujer que le dobla la edad y que esconde un vergonzoso pasado además de un profundo secreto personal. A medida que la curiosidad cede al incómodo sentimiento de culpa experimentado por aquellos cuya mayoría de edad se produjo después del Holocausto, la esencia de la película se nos va revelando, como una historia sobre «la verdad y la reconciliación».

Básicamente podemos decir que la película trata sobre la culpa y cómo continuar sabiendo lo que hemos hecho.

No vamos a hacer spoiler, pero la película tiene un momento crucial en el que la protagonista, pudiendo obtener una condena de cuatro meses, recibe una sentencia de cadena perpetua, porque no quiere reconocer que es analfabeta y que no sabe leer.

Esa vergüenza que evita pasar la condenada es impensable en los tiempos que corren. Que una persona admita ser condenada a cadena perpetua, antes que confesar que, en el desarrollo de unos hechos punibles, ella no sabía leer y, por lo tanto, tampoco escribir, es una situación que muchas personas pueden no entender al tratarse de una decisión atípica.

Porque en la actualidad, en España, sobrevivimos anclados en el extremo opuesto: en una sociedad en la que no hay vergüenza de ser ignorante. Ítem más: existe un cierto “orgullo” de ser ignorante.

Hace unos años en Córdoba un empresario, que terminó acuciado por deudas y condenas, presumía de “no haber leído un libro en su puta vida”. Lo mismo pasó con un futbolista del Real Madrid. Nada, no pasó nada. A ambos se le rieron “la gracieta”.

Hace unos días, la presidenta de la Comunidad de Madrid manifestó su sorpresa, después de haber estudiado una licenciatura universitaria, porque en Ecuador se hablase español. Y no pasó nada. Unas sonrisas benévolas y si ahora esa persona participase en una contienda electoral, seguramente sería masivamente votada, “tratándose de una persona ampliamente formada y con una gran clarividencia para tratar los problemas de la cosa pública” (las comillas son mías).

Vivimos en una sociedad en la que los palurdos hacen gala de su ignorancia. En el que parece existir una competencia por ver quien demuestra ser más palurdo (o palurda, que de todo hay en la viña del Señor).

Y si esos desvergonzados analfabetos se quedasen ahí, su daño quedaría limitado. Pero es que acto seguido a presumir de su incultura, se lanzan a creer en falsos gurús y a propalar sus ideas mentecatas.

No tienen bastante con darle una patada a miles de años de Formación, Educación y Cultura. Sino que, con decidida fe, pasan a convertirse en creyentes de que la tierra es plana, de que las vacunas incorporan microchips o de que el VIH no causa el SIDA.

A los palurdos les da igual que hace más de 2200 años Eratóstenes estimase la circunferencia de la Tierra. O que las vacunas contra el virus SARS-CoV-2 (COVID-19) hayan salvado miles de vidas humanas. Para ellos, el Cambio Climático no existe, porque a M.Rajoy “se lo ha dicho su primo”.

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