MENCÍA GONZÁLEZ, MÉDICA

Ahora que una pandemia vírica ha puesto en jaque a la Humanidad y en la que hemos descubierto la importancia de disponer de una Sanidad Pública, universal, gratuita y de calidad, conviene recordar cómo eran en el reino de Castilla, las disposiciones que regulaban la práctica de las profesiones sanitarias, para conocer a la protagonista de este texto.

Imagen de Mencía González según el pintor Luis Celorio, que puede contemplarse en la Casa de Sefarad (Córdoba)

En primer lugar, destaquemos que esas regulaciones se referían tanto a hombres como a mujeres, así como a judíos, musulmanes y cristianos. 

Este hecho deja claro que las mujeres tenían un papel en el fomento y conservación de la salud, y que ejercían actividades sanadoras regularmente, no solo en lo relativo a la salud propia de las mujeres, sino a todo tipo de enfermedades. Esto parece aún más notorio en el caso de las mujeres sefarditas.

Está constatado que en los siglos XIV y XV, las mujeres no solo actuaron en aquellos aspectos de la fisiología y la patología femeninas, en las que parecía inapropiada la intervención de un médico varón, ni tampoco que se limitaran al marco de su familia o comunidad. En algunos casos se les concedieron licencias para el ejercicio de la medicina y la cirugía, por parte de reyes y responsables municipales.

Por ello resulta llamativo el proceso judicial abierto contra una mujer: Mencía González. 

De ella sabemos poca cosa. Ignoramos su estado civil y su procedencia. Probablemente fuera una judía conversa, y el nombre de Mencía González fuera el que habría adquirido al bautizarse. Únicamente podemos afirmar que ejercía la medicina en la ciudad de Aranda de Duero (Burgos), a raíz de la causa judicial abierta contra ella.

En 1495, el licenciado Francisco de Tapia, juez de residencia en Aranda de Duero, procediendo de oficio a resultas de alguna delación, abrió información contra Mencía González porque ella “curaba de física y medicina y sangraba a algunas personas que estaban dolientes”. 

A resultas de la investigación mandó detenerla. Estando Mencía presa, presentó una carta de examen que la autorizaba para ejercer la Medicina.

El juez examinó la licencia y escuchó las alegaciones de Mencía, pero dictaminó que la susodicha se había extralimitado en el ejercicio de sus funciones por “averse entrometido a curar algunas curas las cuales ella non podía fazer, porque en derecho los ombres avían de ser sabidos y leydos y experimentados”. A consecuencia de ello debía desterrarla de la dicha villa y además prohibirle “curar más de cosa física en ninguna manera so pena de muerte, lo cual mandó que sy el contrario fiscyese, lo que Dios no quisiese, fuese executada en ella de horca”.

El licenciado preconizaba una formación universitaria que Mencía no poseía, ya que la Universidad estaba vedada a las mujeres.

Efectivamente, Mencía abandonó Aranda pero, lejos de amilanarse, apeló en la Real Chancillería de Valladolid solicitando la nulidad de la sentencia emitida por el juez Tapia. Alegó, entre otras causas, diversos defectos formales: que no se le notificó la causa, que no fue oída, pero, sobre todo, que no se había excedido en las funciones asistenciales para las que estaba autorizada y que nadie se había quejado nunca de sus curaciones. En consecuencia, pidió la revocación de la sentencia. Mencía alegó Chancillería “porque diz que non avía razón ni causa para ser dicha sentencia como se diera, pues non usava de oficio prohibido nin bedado e persona alguna no quexava della, nin fiziera cosa que non deviese, e le era aprovada por expiriencia o por carta de examen, el contra lo qual nin contra cosa alguna della non avía ydo nin pasado”.

Como procede, los jueces de la Real Chancillería solicitaron al juez de Aranda que se presentara en Valladolid con toda la documentación procesal generada, para que ante ellos defendiese el veredicto. Pero no lo hizo, ni en persona, ni en delegación, por lo que fue declarado en rebeldía, quedando la apelación conclusa y vista para sentencia.

Los jueces de la Real Chancillería ordenaron a Mencía que no ejerciera la medicina hasta que no se examinara de nuevo ante persona competente, tal como se establecía en la ordenanza de la reina Isabel, donde se fijarían las actividades autorizadas y las que le estarían vedadas; revocaron la orden de destierro de Aranda y suspendieron el pago de las costas.

Este fallo ponderado, emitido en 1495, nos muestra cómo a las mujeres se les seguía permitiendo ejercer la medicina de forma oficial.

No sabemos si Mencía González accedió a examinarse y si siguió ejerciendo la medicina en Aranda. Lo que sí sabemos es que Mencía González fue una mujer de coraje, que no se amilanó ante una arbitrariedad legal y supo defenderse ante las más elevadas instancias.

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LAURA PAPO «BOHORETA»

Su verdadero nombre era Luna Levi, aunque usó casi en toda su vida el de Laura Papo. Muchos de sus escritos los firmó con el seudónimo de Bohoreta. Hoy desvelamos a una gran escritora, traductora y dramaturga bosnia sefardí. A una gran mujer.

Luna Levi, nació en Sarajevo, en el siglo XIX, exactamente el 15 de marzo de 1891, en el seno de una familia sefardí. A los pocos años se trasladó a Istambul por necesidades económicas. En la ciudad turca estudió en la Alianza Israelita Universal, donde adoptó el nombre de occidentalizado de Laura.

Laura era una políglota. No sólo hablaba judeoespañol, también serbio, francés, alemán, italiano, inglés y parcialmente turco.

La vida en Turquía no fue fácil y al final toda familia volvió a Sarajevo, donde Laura y dos de sus tres hermanas se establecieron como empresarias autónomas abriendo una tienda de modas en Sarajevo, lo cual en la época suponía un paso insólito en la emancipación de las mujeres sefardíes.

Laura Papo fue una gran autora de poemas, cuentos, ensayos y obras teatrales, que en numerosas ocasiones firmaba con el seudónimo de Bohoreta, literalmente “hermanita mayor”, ya que bohor o bejor es el apelativo que en las familias sefardíes se da al primogénito.

Su mejor producción literaria fueron las obras teatrales, escribiendo numerosos dramas y comedias en los que introdujo romances y cantigas, haciendo uso de una lengua cotidiana y natural, y recogiendo vivencias, recuerdos y escenas costumbristas de la vida sefardí de su comunidad.

Nunca consiguió que se publicaran sus obras, pero si logró que fueran representadas por la Sociedad benéfica cultural “La Matatiá” de Sarajevo, así como en Belgrado. De esta manera Laura Papo se convirtió en la primera dramaturga sefardí de Bosnia.

En 1911 fue colaboradora de Manuel Manrique de Lara, quien, pensionado por la Junta para Ampliación de Estudios, visitó Sarajevo en su investigación de la literatura judeoespañola, recogiendo romances y canciones tradicionales entre los sefardíes, por encargo de Ramón Menéndez Pidal. Laura le facilitó diecisiete romances ladinos.

A los 21 años contrajo matrimonio con Daniel Papo de quien tomó su apellido. El matrimonio tuvo dos hijos, León y Bar Kohba.

En 1931 Laura Papo publicó el ensayo feminista en judeoespañol “La mužer sefardi de Bosna”, que se encuentra disponible en Internet, y que expande y profundiza en las posiciones que ya había expuesto en “Die Spanolische”, artículo de 1916 publicado en “Bosnische Post”, periódico bosnio en alemán. En el referido ensayo, Laura describe el cambio que deben afrontar las mujeres dentro del sistema patriarcal tradicional, imprescindible para el proceso de occidentalización que sufre su entorno. Así, las animó a que fueran a la escuela, a que aprendieran oficios, a que aprovecharan las posibilidades que sus madres o abuelas no habían tenido. En su texto queda reflejada la vida cotidiana y el centro de relación de las mujeres sefardíes, y señala la importancia que las prácticas de solidaridad y relación femenina tuvieron para la ciudad.

Bohoreta combatió el conservadurismo en la comunidad sefardí y promovió el acceso de las mujeres a la educación y al trabajo fuera de casa, como condiciones necesarias para su autonomía en la sociedad moderna. A Bohoreta se la considera la primera feminista de los Balcanes.

En los comienzos de la Segunda Guerra Mundial, tras la anexión de Bosnia y Herzegovina al estado independiente de Croacia realizada por los ustacha, nazis croatas, comenzaron las deportaciones de los judíos a los campos de concentración. Entre los deportados estaban sus hijos que fueron asesinados en el trayecto al campo de concentración de Jasenovac. 

Ella murió, sin conocer la muerte de sus hijos, en 1942 en un hospital regentado por monjas católicas que habían ocultado su identidad a las autoridades.

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HANNA LEVY, LA FUERZA DE LOS PRINCIPIOS

Hanna Lévy nació en Sarajevo el 18 de marzo de 1913, era la hija menor de una familia de judíos sefardíes, tenía tres hermanos y cuatro hermanas. En casa se hablaba ladino, la lengua judeoespañola derivada del castellano antiguo, aunque Hanna prefería hablar yugoslavo, porque consideraba a Yugoslavia como su patria. Estudió en Belgrado a donde llegó con su madre y una hermana, a principios de la década de 1930. Las becas estatales le permitieron a estudiar y se convirtió en profesora en Danilograd (Montenegro).

Cuando era joven, se unió al Partido Comunista de Yugoslavia e hizo campaña contra la ocupación alemana de su país. A punto estuvo de unirse a los partisanos, pero desistió porque la comunidad judía le pidió que no lo hiciera para evitar represalias.

En febrero de 1944 fue arrestada por la Gestapo y encarcelada durante seis meses (también llevó un diario clandestino de esta prisión, que se ha perdido), luego en el verano, fue enviada con un pequeño grupo de judíos al campo de concentración alemán de Bergen-Belsen. La guerra, con la presión de los rusos, había impedido que fueran enviados a los campos polacos.

El hambre y las enfermedades provocaron muertes masivas en el campo de concentración.

Allí escribió secretamente su “Diario de Bergen-Belsen”, que documenta su tiempo en aquel infierno.

El campo de Bergen-Belsen nació como un campo de prisioneros de guerra y solo en 1943 se convirtió parcialmente en un campo para judíos. Pero era un campo en particular, destinado a personas retenidas para el intercambio, aunque para más de la mitad de los 2.500 judíos que fueron enviados allí en 1943 fue solo una etapa en el camino hacia la muerte, hacia Auschwitz. El diario de Hanna, escrito en serbocroata, comienza el 16 de agosto de 1944.

En la primera parte su mirada se dirige más a sus compañeros de prisión que a los verdugos. Hanna Lévy es una joven muy politizada, con una sólida fe comunista, y no soporta ese mundo heterogéneo, formado en su mayoría por “pequeños burgueses”, ignorantes y egoístas. Clandestinamente se encarga de la escolarización de los niños, ya que sí, hay niños en Bergen-Belsen.

Las breves anotaciones del diario son sólo un pálido reflejo de lo que debió de ser aquel verdadero infierno en la tierra, un lugar de dementes en el que todos, guardianes demoníacos y confinados endemoniados, colaboran en aumentar el horror mutuo que campa a sus anchas por doquier como realidad única y posible.

A partir de septiembre las condiciones del campo empeoran enormemente. Las raciones de alimentos están disminuyendo, las epidemias son crecientes. Los prisioneros trasladados por los nazis en las marchas de la muerte, para no ser liberados por las fuerzas soviéticas, llegan desde el campo de Auschwitz, donde se han detenido las cámaras de gas. Entre ellos, Ana Frank. No hay cámaras de gas en Bergen-Belsen, pero la gente sigue muriendo a un ritmo muy rápido de hambre o de enfermedad. Desde enero de 1945, la distribución de las raciones se ha detenido casi por completo, miles de personas mueren de tifus, 35.000 entre enero y la liberación por los británicos en abril. El diario se detiene allí.

De hecho, a principios de abril, por alguna razón, Hanna, con otros 7.000 judíos, es puesta en un tren a Theresienstadt. Pero no llegó allí porque logró quedarse en tierra durante una escala en un pueblo, justo antes de que llegara el Ejército Rojo. 

El regreso, al menos hasta Dresde, fue a pie, allí robaron un tren y llegaron a la frontera con Yugoslavia. Solo unos pocos miembros de su familia se encontraban entre los supervivientes.

Primero regresó a Yugoslavia. Intentó rehacer su vida en Belgrado. No lo consiguió. Demasiadas heridas continuaban abiertas: el antisemitismo había calado hondo en la población de la nueva Yugoslavia. Después de la Segunda Guerra Mundial, Hanna mecanografió su diario a fin de que lo leyeran sus conocidos; más sólo cosechó indiferencia; a nadie le importaban sus sufrimientos pasados.

Pero poco a poco, se dio cuenta de que estaba frente a un gran vacío, consistente no solo en su duelo personal y colectivo, sino también en la negativa de la gente a reconocer la singularidad de la tragedia de los judíos europeos. Sus sentimientos y experiencias como yugoslava, como judía y como comunista y la falta de reconocimiento de su sufrimiento personal y colectivo engendró en ella el germen de una inquietud que se manifestaría primero en su emigración a Israel en 1948 y luego en sus diversas “escapes” (como ella misma los definió) de Israel por varios períodos de tiempo.

En Jerusalén, Hanna conocerá a Abraham Hass, judío comunista de Bucovina, que sobrevivió al gueto y con el que se casará. Allí rechazaron una casa que les ofrecieron alegando que “no podemos coger la casa de otros refugiados”, en referencia a los palestinos que tuvieron que huir o fueron expulsados tras creación del Estado de Israel.

En 1956 nació su hija Amira Hass, periodista y escritora israelí conocida principalmente por sus artículos en el diario Haaretz. Y por haber obtenido un especial reconocimiento por su información en torno a asuntos relativos a los palestinos, tanto en Cisjordania como en la Franja de Gaza, donde ha vivido parte de su vida.

Hanna, vivirá dividida entre su judaísmo y su oposición al gobierno israelí y su política hacia los palestinos, además su pensamiento comunista desarrollará una gran conciencia en contra del totalitarismo en la Europa del Este. Por eso viajará una y otra vez entre Israel y Europa, huyendo de uno a otro. 

Nunca abandonó sus principios comunistas. Por eso, después de 1968, es decir, después de la invasión soviética de Praga, abandonó el Partido Comunista, rebelándose contra el estalinismo. Desde ese momento dedicó su vida a la lucha feminista. 

A principios de la década de 1980 viajó por Europa Occidental, residiendo temporalmente en Ginebra y París. A mediados de la década de 1980 consideró regresar a Yugoslavia. Quería quedarse allí para siempre, aunque finalmente murió en Jerusalén el 10 de junio de 2001, a la edad de ochenta y ocho años.

El diario se publicó por primera vez en inglés en 1982. En España en 2006, gracias a Galaxia Gutemberg.

La vida de Hanna Levy es la vida de una resistente que nunca traicionó a sus ideas, que se mantuvo fiel a sus principios, aunque eso le llevó como judía a enfrentarse a Israel y como comunista a luchar contra el estalinismo soviético.

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ANNA COLEMAN LADD, LA ARTISTA DE LA MÁSCARA PROTÉSICA

En 2004, se estrenó la película El Libertino, dirigida por Laurence Dunmore y protagonizada por el actor Johnny Deep que da vida a John Wilmot, segundo conde de Rochester. Wilmot fue una de las personalidades más complejas de la historia de Inglaterra, que alcanzó la popularidad en la época de la Restauración inglesa, gracias a su talento y a su estilo de vida lascivo y rebelde.

Al final de la película (que está disponible en Youtube), el aristócrata se muestra con una prótesis metálica que oculta los estragos que la sífilis había causado en su nariz. No es una ocurrencia del director de la película.

Se trata de un trabajo de lo que hoy se llama anaplastología y es una rama de la medicina que aúna Arte y Ciencia. La anaplastología se define como el arte, la artesanía y la ciencia de restaurar la anatomía ausente o malformada a través de medios artificiales.

Una de las personas que más éxito consiguió en esta materia fue Anna Coleman Ladd y esta es su historia.

Nacida en 1878, en Filadelfia de John y Mary Watts, Anna Coleman Ladd (nacida Watts), fue educada en escuelas privadas de Estados Unidos y Europa.

A los 27 años se mudó a Boston para casarse con el pediatra Maynard Ladd, con quien tuvo dos hijos, Gabriella May Ladd y Vernon Abbott Ladd. 

Trabajando en su estudio de la bostoniana calle Claredon, Ladd pronto se conviertó en una las escultoras más prolíficas de la ciudad, creando fuentes, bustos, monumentos y relieves. Además, escribió dos novelas, Hieronymus Rides en 1912 y The Candid Adventurer en 1913

Entre 1907 y 1915, Ladd realizó exposiciones individuales en la Galería Gorham de Nueva York, la Galería Corcoran en Washington, D.C. y la Academia de Pensilvania en Filadelfia. También fue invitada a exhibir sus bronces en la Exposición Panamá Pacífico en San Francisco. 

En 1914 esculpió una estatuilla de bronce de Eleanora Duse para la que posó la actriz. Más tarde realizó los bustos de Anna Pavlova y Ethel Barrimore.

Anna Coleman Ladd, ya era una gran artista en 1917 cuando su carrera experimentó un punto de inflexión y un reconocimiento social todavía mayor del que ya disfrutaba. 

Con su marido, se traslada a Francia, donde el doctor Maynard Ladd, es nombrado director de la Oficina de Niños de la Cruz Roja Americana en Toul. Fue en ese momento cuando descubrió el trabajo de Francis Derwent Wood en el Departamento de Máscaras para Desfiguración Facial en París.

Después de conocer a Wood, Ladd fundó el «Estudio para máscaras de retrato” de la Cruz Roja Americana para proporcionar el uso de máscaras cosméticas para hombres que habían quedado gravemente desfigurados en la Primera Guerra Mundial. 

Su trabajo era magnífico. Los soldados acudían al estudio de Ladd para que les esculpieran la cara y el rostro en arcilla o plastilina. Ese modelado, se utilizaba después, para construir la pieza protésica de cobre galvanizado, extremadamente fino. El metal era pintado con esmalte duro para asemejarse al tono de piel del portador. 

Además, Anna Coleman Ladd usaba cabello real para crear las pestañas, cejas y bigotes. La prótesis se fijaba a la cara con cuerdas o anteojos.

Por su gran trabajo, Francia le concedió la Cruz de Caballero de la Legión de Honor y Serbia la Orden de San Sava.

Anna Coleman Ladd murió el 3 de junio de 1939 en Santa Bárbara, California, habiendo contribuido notablemente a mitigar los efectos de la desfiguración en numerosos rostros de soldados.

Recomendamos encarecidamente el video grabado en el estudio de Anna Coleman Ladd, donde se la puede ver realizando su magnífico trabajo:

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AMO A ITALIA

Tengo compañeros y compañeras a los que quiero y admiro mucho, que llevan toda la mañana intentando entender la llegada al poder de los fascistas italianos.

Recuerdo cómo hace años intentábamos entender cómo fue posible que los nazis consiguieran el gobierno de Alemania, sin un golpe de estado, sino ganando por la fuerza de los votos.

Yo no tengo una explicación para lo que ha sucedido en Italia, pero apunto un dato: la suma de la Extrema Derecha y la Derecha ha sido del 44%. La suma del voto de todas las fuerzas de Izquierda ha alcanzado más del 49%. Pero una vez más la Izquierda se presentó ante la ciudadanía, dividida.

Ahí lo dejo.

Yo desde aquí renuevo hoy mi compromiso antifascista y canto con mas fuerza el Bella Ciao, como ahora hacen las mujeres de Irán.

P.S. Por cierto amo y seguiré amando Italia, un país que hace años eligió como Presidente de la República a un partisano.

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REINETTE L’ORANAISE

Suena un instrumento musical, parece una guitarra, pero es un oud árabe. La música que llega a través de los auriculares parece la falseta de un guitarrista flamenco. Pero es una mujer quien hace vibrar las cuerdas del oud. Al momento inicia a cantar, una melodía que recuerda a una soleá flamenca.

Quien toca y canta se llama Sultana Daoud, pero todo el mundo, en especial el mundo árabe, la llama Reinette l’Oranaise o Reinette el Wahrania.

Reinette había nacido en 1918, en la ciudad de Tiaret, al norte de Argelia, muy cerca de Orán. Era hija de un rabino sefardí, procedente de Marruecos.

Cuando tenía dos años, la viruela la dejó ciega. Estudió en Argel, en una escuela para invidentes, hasta que su madre la animó a recibir clases de música.

Estudió con el violinista y cantante Saoud l’Oranais, quien le dio el apodo Reinette l’Oranaise («Reinita de Orán»). Con él aprendió a tocar varios instrumentos, entre ellos el oud y la darbuka, convirtiendo a Reinette en una excelente oudista. Con Saoud aprendió numerosas canciones tradicionales de la música andalusí y del raï, las cuales interpretaba en los cafés de Darb, el barrio judío de Orán.

Habiéndose mudado a Marsella en 1938, regresó a Argelia durante el régimen de Vichy, evitando correr el mismo destino de Saoud l’Oranais, quien fue detenido en 1943, y enviado al campo de Sobibor, en Polonia, donde murió.

Reinette le rendirá homenaje a través de una canción, «Nechkar el karim». En la década de 1940, Reinette se mudó a Argel. Allí, Mohamed Belhocine se convirtió en su nuevo maestro, luego se unió a la orquesta Hadj M’hamed El Anka, fundadora de la música chaabi, que es música árabe «argelina» (cantada en dialecto) y modernizada (con banyo, piano, incluso rumba o ritmos de tango).

Los martes, Reinette actuaba como solista de oud en la Orquesta de Radio Argel, en un programa que se escuchaba en todo el país y que contaba con los mejores artistas de música andalusí y chaabi del momento. Al mismo tiempo, aprendió árabe literario, a cantar el repertorio clásico andalusí y, sobre todo, se comprometió a salvar del olvido cientos de canciones del repertorio, clásico y popular, que son de tradición oral, transcribiéndolas en braille. Los años 50 fueron sus años de gloria, con numerosas giras.

Establecida en Francia desde 1962, en los suburbios de París, Reinette había caído gradualmente en el olvido, casi nunca actuando excepto en bodas y fiestas privadas para la comunidad judía norteafricana, radicada en París.

A mediados de la década de 1980, los medios de comunicación, en especial Radio Beur y el diario Libération, le devolvieron la vida. Luego, los años 90 vieron nacer, entre los hijos de emigrantes, judíos y musulmanes, el interés por este patrimonio musical común, y el público francés descubrió a estos grandes artistas judeoárabes en las bandas sonoras de películas como «Mémoires d’inmigrantes», “La verdad si miento”, “El gran perdón”, etc.

En 1995 obtuvo el Gran Premio de la Academia Charles Cros por su álbum Memorias.

El 17 de noviembre de 1998, Sultana Daoud falleció de un paro cardiaco en Lilas, cerca de París.

A su muerte, el gobierno francés le rindió honores otorgándole el nombramiento de Comandante de la Orden de las Artes y las Letras y el gobierno de Argel le hizo un reconocimiento oficioso en el Centro Cultural Argelino, en París.

P.S. En plataformas como Spotity puedes escuchar el amplio y hermoso repertorio de Reinette l’Oranaise.

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UNA DE PIRATAS

Si en cualquier buscador de Internet escribimos el nombre de Deborah Massiah aparecen 533 resultados. Nos surgen enfermeras, amas de casa, policías, influencers y hasta youtubers. Pero la Deborah que protagoniza nuestra colaboración pertenece a otro tiempo y por eso nuestro esfuerzo por rescatar su vida del olvido de la Historia.

Para mostrar lo poco que, por ahora, conocemos, tenemos que retroceder hasta el siglo XV, concretamente hasta el año 1492.

En ese año, el 31 de marzo, se promulgaron los dos decretos que conformaban el llamado Edicto de Granada, por el que se les daba un plazo a los miembros de la comunidad judía para que se convirtieran al cristianismo o abandonasen el reino de España, sin poder llevar ni monedas, armas o caballos.

Así, miles de sefarditas tomaron rumbo hacia el norte de África y a Portugal y muchos otros optaron por la conversión.

Los primeros, se asentaron en Marruecos, Argelia, Túnez y en la mayor parte de los países de la ribera mediterránea (Egipto, Grecia, Turquía principalmente).

Los que se establecieron en Portugal, cinco años más tarde, tuvieron que abandonarlo, ante las presiones que los Reyes Católicos hicieron sobre el rey Manuel I de Portugal, refugiándose en Inglaterra y Holanda, naciones enemigas de España.

Allí los judíos sefarditas continuaron desarrollando sus vidas y manteniendo su fe hebraica y la lengua hablada en Sefarad, la Península Ibérica, el ladino o judeoespañol. Pero la segunda generación de estos sefarditas expulsados es muy diferente a la de sus ancestros. Tiene un profundo resentimiento hacia España y un intenso deseo de venganza al haber sido expulsados y expoliados de sus bienes.

Estos jóvenes sefarditas deciden combatir a la corona española como piratas, mejor dicho, como corsarios, es decir piratas con patente de corso, protegidos por las monarquías inglesa y holandesa.

Y como corsarios sefarditas establecen su marco de actuación en el mar Caribe para atacar y expoliar a las naves españolas que regresaban a España cargadas de riquezas de América.

Los beneficios de los botines logrados se repartían entre los propios corsarios, la monarquía protectora (Inglaterra u Holanda) y las comunidades sefarditas de esos países. (Un ejemplo muy evidente lo tenemos en la Gran Sinagoga de Ámsterdam, financiada con los beneficios de los corsarios sefarditas caribeños).

Levi. Por Francisco de Zurbarán. Uno de los cuadros procedentes de los botines de piratas que hoy se conserva en el Castillo de Auckland

A veces atacaban a las naves españolas en su trayecto de ida hacia América, como ocurrió con un ataque, hacia 1640, contra un galeón español que llevaba en sus bodegas, 13 cuadros pintados por Zurbarán, la serie Jacob y sus doce hijos. No se vuelven a tener noticias hasta 1720, en Londres, cuando una familia judía pone a la venta los 13 cuadros. Richard Trevor, obispo de Durham adquiere 12 cuadros, el presupuesto no le llega para más, y los instala en el comedor del Castillo de Auckland, al noroeste de Inglaterra, donde hoy pueden contemplarse.

Pero el verdadero campo de batalla es el mar Caribe y son las numerosas islas e islotes las que utilizan los corsarios sefardíes como lugares de escondite, mantenimiento de las naves y preparación de nuevos ataques.

La gran era de la piratería en el Caribe comenzó alrededor de 1520 y se prolongó hasta la década de 1720. Siendo el período más próspero de 1640 y 1680. El filibusterismo se desarrolló principalmente desde los puertos de Port Royal a Jamaica, Isla de la Tortuga (Haití) y Nassau en Bahamas.

En el Caribe, los corsarios sefarditas realizan su venganza contra la corona española, al lado de piratas ingleses como Francis Drake o Henry Morgan y forman parte de sus hermandades y cofradías como la de “Los Hermanos de la Costa”.

La mayor parte de estos corsarios hebreos se mostraban orgullosos de su origen e identidad y existen documentaciones fidedignas de que daban a sus naves nombres tales como “Samuel, el Profeta”, “La Reina Esther” o “El Escudo de Abraham”.

Pocos datos históricos fiables han llegado hasta nosotros, pero con ellos hemos conocidos los nombres de algunos de estos corsarios: Moisés Cohen Enríquez, Yacoob Koriel y David Abrabanel.

Otro corsario sefardí fue Yacoob Massiah, esposo de nuestra protagonista de hoy, Deborah Massiah.

¿Qué sabemos de ella? Conocer la vida de una persona que porta tres características que la hacen ser infravalorada, perseguida o atacada (mujer, judía y cosaria) no es nada fácil. Pero algunos datos históricos tenemos.

Deborah nació en 1615, era una judía de origen hispano, que huye de Cuba y México por la presión inquisitorial y se refugia en Jamaica. (Desde 1530 a 1649 Jamaica es refugio de los judíos, procedentes de la península ibérica).

Con su marido Yaacov Massiah, se dedicó a la piratería, con barco propio, impregnando sus acciones con sus creencias religiosas (Por ejemplo, nunca atacaban barcos durante el Sabbath y en su nave sólo se tomaba comida kosher).

Tumba de piratas sefardíes

Deborah muere en 1693 y está enterrada junto a su esposo en el cementerio judío de Bridgetow, capital de Barbados. Sobre sus tumbas lucen una Magen David (estrella de David) y una calavera con dos huesos cruzados. La inscripción de la lápida está escrita con caracteres hebreos.

Deborah Massiah no fue la única corsaria sefardí.

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SABINA MUCHART, LA PRIMERA FOTÓGRAFA DE GUERRA DE LA HISTORIA

Transitando desde el estupor y la tristeza que me producen de forma alternativa y continua la visión de las imágenes que me llegan desde Ucrania, tengo que sobreponerme a mi estado de desesperación por la masacre que el malnacido Putin está realizando, para poder cumplir el compromiso de colaboración con Mercedes González Rojo, para el blog MasticadoresFEM.

Sentado delante de la pantalla, vienen a mi memoria imágenes de fotografías por las que, desde algún conflicto bélico, un hombre o una mujer arriesgaron sus vidas para dejar constancia del dolor.

Sabemos algo de los fotorreporteros pero nada o casi nada de las mujeres que pusieron sus vidas en peligro, para transmitir el horror de la guerra. Intentar conocer algo significa muchas horas de búsquedas en archivos y bancos de memoria para, al final, acabar llenando de conjeturas los vacíos que siempre encuentro cuando pretendo desenterrar la vida de una mujer.

¿Cómo eran? ¿Cómo empezaron? ¿Por qué fueron a la guerra? ¿Quiénes fueron las primeras fotorreporteras de guerra? ¿Quién fue la primera española?

Así, de esta manera, descubro a Sabina Muchart.

Que nació en Olot (Girona) en 1858 y cuyo nombre completo era Sabina Jerónima Manuela Muchart Collboni.

Nacida en una familia muy humilde, con orígenes franceses por la rama paterna, Sabina salió muy joven de Olot, en compañía de sus tres hermanos mayores. Tal vez huyendo de la Tercera Guerra Carlista, ya que la Segunda fue muy virulenta en Olot, o tal vez para buscar un futuro con mejor perspectiva económica. Llegó a Andalucía y se estableció en la ciudad de Málaga.

En Málaga, en la calle Granada, nº 56, los cuatro hermanos Muchart abrieron una tienda de telas, que anunciaban en las guías comerciales desde 1878, como “MUCHART HERMANOS Y COMPAÑÍA”, dentro del apartado dedicado a los “Vendedores de tejidos al por menor”. Más tarde abrieron un negocio similar en Córdoba.

Los Muchart, tenían muchos contactos en Cataluña y sus piezas textiles, que se fabricaban allí, eran muy apreciadas en la ciudad malacitana.

Ignoramos las causas, pero lamentablemente ambos negocios acabaron quebrando económicamente,  y la familia optó por abrir un estudio fotográfico en Málaga, a nombre de Sabina Muchart, ya que su hermano Francisco, que era el verdadero fotógrafo y el que había aprendido del pintor y fotógrafo, Ventura de los Reyes Corradi, era menor de edad, y eso le imposibilitaba estar legalmente al frente del negocio.

Así, en 1887 abrieron el estudio “FOTOGRAFÍA S. MUCHART”, en la Plaza de la Constitución de Málaga. (Nótese que el nombre de Sabina desaparece del rótulo, para dejar solamente su inicial, evitando así, que se conociera que una mujer estaba al frente del estudio)

Durante unos años, Sabina, aprendió fotografía junto a su hermano hasta la muerte de uno de ellos, momento en que comienza a ejercer el liderazgo en la empresa familiar. Comienza a desarrolla una intensa carrera como fotógrafa, firmando siempre sus imágenes como S. Muchart.

En 1889 Sabina Muchart, realiza un reportaje de grandes vistas de Málaga, que se publica en la revista “La Ilustración”. Y dos años más tarde, fotografía las pinturas del pintor malagueño De la Torre, que son publicadas en “La Ilustración Hispano-Americana”.

Retrato de los jefes de ambulancias enviados a Melilla. Por Sabina Muchart.

Dos años más tarde, “La Ilustración Artística” (Barcelona), publica un retrato de un grupo de jefes de las ambulancias enviadas a Melilla por Cruz Roja de Madrid, frente a la entrada del fuerte del Rostrogordo, perteneciente al Protectorado español de Marruecos, que estaba inmerso en la Guerra del Rif. Gracias a esta fotografía, se considera a Sabina Muchart, la primera fotógrafa de guerra de la Historia.

Hoy en día, no se conocen más fotografías de Sabina Muchart relacionadas con la Guerra del Rif, o sus consecuencias, aunque previsiblemente esas fotos aparecerán. Tampoco se conoce la duración de su estancia en el norte de África ni las actividades que allí realizó.

En 1900 se hizo célebre la fotografía que realizó del hundimiento del buque-escuela de la marina de guerra alemana SMS GNEISENAU, que, tras golpear la escollera del espigón de levante, del puerto de Málaga, se hundió dramáticamente en 15 minutos, con víctimas mortales.

Naufragio del buque escuela frente al puerto de Málaga. Por Sabine Muchart, a. 1900

En 1904, Sabina Muchart, en “Alrededor del Mundo”, revista especializada en vistas monumentales de ciudades, publica otra serie de fotografías de la ciudad de Málaga.

Y en la revista taurina “La Fiesta Nacional” publica en 1906, unas magníficas fotografías de lances taurinos en la plaza de toros de Málaga.

El 21 de marzo de 1929, a los 70 años, Sabina Muchart muere en Málaga, ignorándose el motivo del fallecimiento porque han desaparecido las ordenes de sepelio del cementerio de San Miguel.

Y hasta aquí, todo lo que conocemos de la fotógrafa Sabina Muchart. Seguramente, cuando menos lo esperemos, aparecerá una vieja maleta cargada con sus fotografías o alguien se encontrará sus imágenes en un polvoriento archivo.


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GERMAINE KRULL, FOTÓGRAFA DE VANGUARDIA

Germaine Krull, fue una destacada fotógrafa de vanguardia, pionera del nuevo fotorreportaje de finales de los años veinte, del pasado siglo. Fue testigo de una época convulsa que marcó su azarosa vida y dejó plasmada en sus imágenes.

Retrato de Germaine Krull, realizado por Hans Basler. Berlin 1922. Museum Folkwang, Essen.

Krull, nació en 1897 en la ciudad de Poznań, que hoy forma parte de Polonia. Su padre viajaba continuamente en busca de trabajo donde desarrollar su profesión de ingeniero. Germaine tuvo una infancia poco convencional, con continuos viajes que le impedían acudir a la escuela, siendo su padre, un librepensador progresista, quien la educaba.

A los 18 años, comenzó a asistir al Instituto de Investigación y Educación de Fotografía de Múnich, donde se formó durante tres años hasta que abrió su propio estudio fotográfico en la ciudad. Retrató a personajes como Kurt Eisner, haciéndose amiga de algunos de ellos como Rainer Maria Rilke, Friedrich Pollock o Max Horkheimer. En esas mismas fechas Krull era ya una ferviente activista política de izquierdas, y en 1919 ingresó en el Partido Comunista Alemán. Esta militancia política le causó numerosos problemas, ya que ese mismo año fue detenida tras ser acusada de ayudar a un enviado de los bolcheviques rusos, a cruzar la frontera con Austria.

Después de un breve paso por prisión, fue expulsada de Baviera por sus actividades comunistas, así que decidió viajar a Rusia con su pareja, Samuel Levit, quien terminaría siendo un destacado miembro de la inteligencia soviética durante las décadas de los 20 y 30. Krull y Levit viajaron a Moscú y San Petersburgo para asistir a la Tercera Internacional, donde la joven llegó a escuchar un discurso de Lenin, pero tras romper su relación con Levit, éste la denunció como antibolchevique y fue detenida por la policía secreta rusa y encarcelada en la Lubianka.

Por suerte Krull fue puesta en libertad poco después y, enferma de tifus, regresó a Alemania, estableciéndose en Berlín en 1922. Allí trabajó durante tres años en un estudio de fotografía y en esta primera etapa se caracterizó –además de por sus trabajos comerciales–, por realizar una serie de desnudos que destacaba por su enorme libertad, tanto en el tono de las fotografías, como por su tratamiento estético y que rozaban la pornografía lésbica.

El paisaje industrial dominado por estructuras metálicas fue uno de los campos en los que destacaría como fotógrafa y que dieron lugar a su primer libro fotográfico, Métal (1928), algo también totalmente novedoso para la época.

Durante aquella etapa en Berlín, Krull tuvo ocasión de conocer al cineasta holandés, Joris Ivens, y en 1925 viajó con él a Ámsterdam. Allí, Krull, quedó fascinada por las estructuras metálicas y las grúas de los muelles, y se lanzó a fotografiar aquel fabuloso paisaje industrial, que unos años después, ya en París, daría lugar a su primer libro fotográfico, Métal (1928). Ese libro se convirtió en el primer referente de la Fotografía Industrial. Germaine Krull, fue una de las más importantes difusoras de la estética maquinista, ya que fue una de las pioneras en utilizar esta temática. Aparte de esto, comenzó a utilizar nuevos recursos estéticos, descubriéndonos nuevos puntos de vista para lograr darnos una nueva perspectiva, gracias al uso de los picados, contrapicados, el descentramiento del eje de simetría, la magnificación, la sinécdoque, el fotograma, el fotomontaje, etc.

Gracias a aquel trabajo, Krull –que por aquel entonces había entablado ya amistad con algunas de las principales figuras de la vanguardia parisina, como Sonia y Robert Delaunay, André Malraux, Colette, André Gide, Jean Cocteau o Éli Lotar– se convirtió en una de las figuras más destacadas de la vanguardia fotográfica, y más concretamente de la Nouvelle Vision.

Este protagonismo, le valió a Krull, un puesto en la nueva revista fotográfica VU, donde comenzó a trabajar como fotoperiodista, desarrollando reportajes sobre cuestiones sociales en los que destacaba por su novedoso tratamiento de los temas, con trabajos sobre las clases trabajadoras y humildes de París, capturando imágenes con su fiel cámara Zeiss Ikon Icarette. En 1928 Krull, fue considerada una de las mejores fotógrafas de París, estando a la altura de André Kertész o Man Ray.

Durante varios años, Krull, realizó numerosos reportajes para VU, pero también para otras revistas punteras de la época, al mismo tiempo que seguía publicando libros sobre fotografía, una práctica en la que también fue pionera. En esas páginas, Germaine Krull, destacaba gracias a imágenes que a menudo resultaban desconcertantes, atípicas y libres de los corsés estéticos y temáticos que solían verse en otros trabajos de la época.

Germaine Krull, fue una de las primeras fotógrafas de guerra, al igual que Lee Miller. Con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, huyó de Francia para unirse en África, a las fuerzas de la Francia Libre, del general De Gaulle, trabajando como propagandista. También acompañó a las tropas estadounidenses en el desembarco en la Provenza, en agosto de 1944 y más tarde, al Primer Ejército Francés hasta el final de la guerra, fotografiando durante este tiempo los campos de exterminio de Strutthof y Vaihingen, en cuya liberación participó en 1945.

Finalizada la contienda, la fotógrafa se trasladó al sudeste asiático, para cubrir como corresponsal la Guerra de Indochina, a finales de la década de 1940 donde, realizó diferentes reportajes para publicaciones sobre la región, mientras que era copropietaria, del Hotel Mandarin Oriental en Bangkok (Tailandia).

De allí, viajó al norte de la India, a finales de los años sesenta, donde se convirtió al budismo. En estos años, Krull, siguió desempeñando su labor de fotoperiodista, fotografiando a miembros de la comunidad tibetana. Su ultimo proyecto fotográfico, fue la publicación en 1968, del libro Tibetanos en India, que incluía un retrato del Dalái Lama.

Primer y último libro fotográfico de Germaine Krull, campo en el que también fue pionera.

A comienzos de los años 80, Krull, regresó a Europa y se estableció en Wetzlar (Alemania) donde murió en 1985.

Krull, fue la gran olvidada en las antologías de fotografía y hoy en día se encuentra en proceso de recuperación y de reconocimiento.


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LEE MILLER, MUCHO MÁS QUE UNA FOTÓGRAFA SURREALISTA

Los humanos tenemos una especial habilidad para categorizar y etiquetar todo. Estableciendo categorías y etiquetando a los seres vivos, las cosas y las acciones y omisiones nos enfrentamos a nuestra existencia sin darnos cuenta de que esta parcial manera de aprehender el conocimiento humano no deja de ser nada más que coger el rábano por las hojas.

Con frecuencia, con mucha frecuencia, el etiquetado es poco acertado, cuando no injusto y tenemos numerosos casos que así lo demuestran. Hace unos meses se realizó una magnífica exposición en Málaga, en el centro cultural La Térmica, titulada LEE MILLER, SURREALISTA, pero la apasionante vida de esta gran fotógrafa norteamericana es mucho más que la vida de una fotógrafa surrealista.
Las vidas de Lee Miller darían para escribir varios libros.
Veamos un breve resumen.

Elizabeth Lee Miller nació en Estados Unidos el 23 de abril de 1907.
Cuando tenía 7 años fue violada y contagiada con una enfermedad de transmisión sexual.
Además, desde pequeña y hasta ya bastante avanzada su juventud, su padre la estuvo retratando desnuda, en un contexto familiar que se respiraba como muy perturbador.

Cuando tenía 19 años estuvo a punto de ser atropellada en la calle, siendo salvada en el último momento por un viandante.
Esa persona resultó ser Condé Nast, fundador de la revista Vogue, en donde Lee Miller comenzó a desarrollar una exitosa carrera como modelo.
Durante diez años fue una de las modelos más cotizada en Nueva York.
Pero abandonó su carrera cuando fue fotografiada para un anuncio de compresas femeninas, que levantó un gran escándalo social.

Lee viajó hasta Francia y se presentó ante Man Ray, el gran genio surrealista. Consiguió ser su aprendiz, su musa y su amante.
Abrió su propio estudio fotográfico, alcanzando tal calidad en su obra fotográfica que hoy en día se cuestionan muchas obras atribuidas en principio a Ray y que parece que fueron realizadas por Lee Miller.
Un caso similar al de Gerda Taro y Robert Capa.

Lee Miller

Después de una tormentosa relación con Man Ray y de haber sido amiga de Pablo Picasso, Paul Eluard o Jean Cocteau, Lee volvió en 1932 a Nueva York donde continuaría desarrollando su trabajo fotográfico, hasta que dos años más tarde se casó con el rico empresario egipcio Aziz Eloui Bey y se trasladó a vivir a El Cairo, pero su matrimonio no duró mucho y en 1937 regresó a París.

De 1939 a 1945 Lee Miller formó parte del Cuerpo de Corresponsales de Guerra en Londres y en su ejercicio como fotoperiodista, fue corresponsal de Vogue durante los bombardeos alemanes sobre Inglaterra.
Recorrió Francia fotografiando entre otros los efectos del napalm en el asedio de Saint Malo, la liberación de París, la batalla de Alsacia y el horror en los campos de concentración de Buchenwald y Dachau.
Armada con su cámara, Lee Miller fue una de las primeras personas en entrar en el campo de Dachau, captando el dolor que ese sitio encerraba y que todavía se palpa al contemplar sus fotografías.

Una de las primeras personas en entrar en el campo de concentración de Dachau. Sus fotografía captaron el dolor que ese sitio encerraba. Lee nunca pudo superar su traumática experiencia como fotógrafa de guerra

De esa época es una de sus fotografías más icónicas.
Una tarde, después volver de Dachau, Lee pudo acceder al apartamento que Adolf Hitler tenía en Munich.
Allí se despojó de su uniforme de campaña, preparó la escena colocando un retrato de Hitler, y le pidió a su amigo, el fotógrafo David Sheerman que la inmortalizara.
En la fotografía, sus botas militares, están al pie de la bañera.
Su hijo, Antony Penrose, hace unas semanas, contó en Málaga, que con ese gesto su madre quiso traer la tierra, la porquería y la suciedad de Dachau hasta el cuarto de baño de la Bestia.
Era su forma de mancillar a Hitler.

Lee Miller fotografiada por David Shermann en la bañera del apartamento de Hitler en Munich. Una fotografía con la que la fotógrafa quiso mancillar al dictador

Terminada la guerra, no volvió a Estados Unidos.
Siguió fotografiando y especialmente se dedicó a retratar las agonías y muertes de niños, que fallecían sin poder usar antibióticos, por el tráfico ilegal de los estraperlistas.

En 1947 se divorció, casándose después con Roland Penrose.
Lee Miller, nunca pudo superar su traumática experiencia como fotógrafa de guerra. Dos años más tarde se trasladó a Inglaterra, a Sussex, donde vivió con su familia hasta que en 1970 un cáncer acabó con ella.

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